28 de agosto de 2007
La partida
“Esta bien, pero solo un pedacito, es lo ultimo que queda…”
Y el órgano sangriento en su mano, todavía caliente, todavía con vida…
Se lo metió en el bolsillo, dio media vuelta, y se fue.
27 de agosto de 2007
Niña Mala
Y traviesa.
Entre objetos perdidos y olores ajenos, buscando una noche.
Suena “Como un bandoneón”, otro me abraza, y yo, afuera, buscando una noche….
Subo al escenario y cierro mis ojos... un cuarto de hotel, las sabanas tan blancas, las luces del puerto. Diciembre o Julio, Palermo o La boca.
Dejenme soñar, que de eso vivo.
Pugliese.
Alla lejos, hace tiempo, la misma cama…
Ahora, una pierna me busca, pero ya olvide su nombre. Me doy vuelta y me duermo, buscando mi noche.
Entre objetos perdidos y olores ajenos, buscando una noche.
Suena “Como un bandoneón”, otro me abraza, y yo, afuera, buscando una noche….
Subo al escenario y cierro mis ojos... un cuarto de hotel, las sabanas tan blancas, las luces del puerto. Diciembre o Julio, Palermo o La boca.
Dejenme soñar, que de eso vivo.
Pugliese.
Alla lejos, hace tiempo, la misma cama…
Ahora, una pierna me busca, pero ya olvide su nombre. Me doy vuelta y me duermo, buscando mi noche.
25 de agosto de 2007
Dark
Niña mala.
Pude ver la desilusión en sus ojos. Pude ver que estaba triste, sentí empatía. La falta de dialogo entre nosotros me había impedido saber cuan importante era todo esto para él. Me senti una mierda por no haberlo tomado en serio. Esta sensación duro solo unos instantes, enseguida ya caminaba dándole la espalda, con mi bolsito al hombro. Lo deje ahí parado con su decepción y me fui al Canning con la gringa. El panorama era un poco triste, con las renovaciones habían sacado las pinturas y la foto de Monteleone que era parte de ese lugar desde hace tanto tiempo.
Wendy: "es posible que no van a volver a poner la foto?"
Lu: "well, u know...todo termina… "
Pude ver la desilusión en sus ojos. Pude ver que estaba triste, sentí empatía. La falta de dialogo entre nosotros me había impedido saber cuan importante era todo esto para él. Me senti una mierda por no haberlo tomado en serio. Esta sensación duro solo unos instantes, enseguida ya caminaba dándole la espalda, con mi bolsito al hombro. Lo deje ahí parado con su decepción y me fui al Canning con la gringa. El panorama era un poco triste, con las renovaciones habían sacado las pinturas y la foto de Monteleone que era parte de ese lugar desde hace tanto tiempo.
Wendy: "es posible que no van a volver a poner la foto?"
Lu: "well, u know...todo termina… "
3 de agosto de 2007
Je voudrais bien qu´il y est une fleur dans mon jardin
Yo que buscaba una noche de diciembre, ahora una de Julio, que deje en un cuarto de hotel, que termino con un abrazo en ezeiza y se fue en American Airlines.
Maneje 50, 60, 120 Km. tratando de escapar vaya uno a saber de que, llueve en la autopista y mis hijos se pelean en el asiento de atrás, uno dice: “pala recoge popo” y la otra contesta: “limpia caquitas” me roban una sonrisa, pero yo no estoy acá, ni allá. Como si fueran muchas vidas, un poco milonguera, un poco mama, un poco productora. Aquella sentada en el bistro, comida molecular(¿?), también en la mesa, cerca de la pista, y esta vez un vino berreta. Después una bata almidonada, un rato largo para entender las luces, las persianas y las cortinas de pana automáticas. Me temblaba el cuerpo de cansancio, mezcla de adrenalina, estrés y felicidad. Me fui del mundo, también de mi misma. Quería estar, pero temblaba de frio y extenuada fui y vine como pude. Me dormí en un abrazo que hubiera guardado para siempre, y la mano acariciaba mi espalda.
Después, la melancolía del tango, porque el final es siempre el mismo.
Casi no veo el camino, mierda, como llueve.
Maneje 50, 60, 120 Km. tratando de escapar vaya uno a saber de que, llueve en la autopista y mis hijos se pelean en el asiento de atrás, uno dice: “pala recoge popo” y la otra contesta: “limpia caquitas” me roban una sonrisa, pero yo no estoy acá, ni allá. Como si fueran muchas vidas, un poco milonguera, un poco mama, un poco productora. Aquella sentada en el bistro, comida molecular(¿?), también en la mesa, cerca de la pista, y esta vez un vino berreta. Después una bata almidonada, un rato largo para entender las luces, las persianas y las cortinas de pana automáticas. Me temblaba el cuerpo de cansancio, mezcla de adrenalina, estrés y felicidad. Me fui del mundo, también de mi misma. Quería estar, pero temblaba de frio y extenuada fui y vine como pude. Me dormí en un abrazo que hubiera guardado para siempre, y la mano acariciaba mi espalda.
Después, la melancolía del tango, porque el final es siempre el mismo.
Casi no veo el camino, mierda, como llueve.
10 de julio de 2007
El Sabado
El frío y la llovizna. El Sunderland. El director de cine y su asistente. Una milanesa napolitana y un vaso de vino berreta.
Ocupé mi lugar en la mesa de siempre. Me perdí otra vez en la música, los abrazos, los ojos cerrados, las manos, las caras muy pintadas, los tacos altos, los pelos engominados, los cabeceos tan sutiles, las miradas fugaces, las mujeres que esperan, las que desesperan, los que están solos, los que están acompañados, y yo, tratando de olvidar, claro.
Había algo en el aire, el viento, el de siempre, ese que anuncia, solo que esta vez un poco mas frío. Y yo al fin despreocupada y serena, nos íbamos a encontrar.
Nos subiríamos juntos al taxi. Tal vez vayamos a San Telmo y en el camino apoye mi cabeza en su hombro. Tal vez el vino y el tango que canta: “Su frágil figurita iluminaba el salón, presencia de alas de tango alucinado y seductor, si Scola la hubiera visto se la llevaba con él, tan pálida en su vestido negro volaba de placer. El tiempo no era tiempo en aquel lugar, un solo gozo era ver las parejas bailar. Cada giro en mi cabeza fue una historia, Buenos Aires con su magia se metió en mi memoria. Aromas de la noche entraban por el ventanal, reinaba el 2x4 en las inquietas miradas. Acariciaba el bailarín su linda espalda, hacia girar sus pies al compás del alma. Alas de tango llenaban de luna la penumbra y en un brindis de champagne la sala fue quedando a oscuras, el día que se baile tango en las calles del amor, cara a cara, ojos cerrados, corazón a corazón…”
Y entonces, tal vez, un viaje en taxi para recordar.
Tal vez su mano en mi cintura cuando bajamos del auto y tal vez mis tacos que suenan en la escalera. Tal vez las sabanas revueltas y huevos revueltos por la mañana.
Tal vez nos encontramos en la puerta de ese club que existe desde siempre. Tal vez Buenos Aires los junta esta noche, o tal vez otra, una de domingo en la que él camina por la parrilla que da a la vía y ella entra al restaurante de enfrente, la cocina esta por cerrar, pero como ya es amiga de la casa la dejan entrar, se sienta y pide lo de siempre y tal vez si todavía es la época, un licuado de melón. Y entonces él entiende y la va a buscar.
Ocupé mi lugar en la mesa de siempre. Me perdí otra vez en la música, los abrazos, los ojos cerrados, las manos, las caras muy pintadas, los tacos altos, los pelos engominados, los cabeceos tan sutiles, las miradas fugaces, las mujeres que esperan, las que desesperan, los que están solos, los que están acompañados, y yo, tratando de olvidar, claro.
Había algo en el aire, el viento, el de siempre, ese que anuncia, solo que esta vez un poco mas frío. Y yo al fin despreocupada y serena, nos íbamos a encontrar.
Nos subiríamos juntos al taxi. Tal vez vayamos a San Telmo y en el camino apoye mi cabeza en su hombro. Tal vez el vino y el tango que canta: “Su frágil figurita iluminaba el salón, presencia de alas de tango alucinado y seductor, si Scola la hubiera visto se la llevaba con él, tan pálida en su vestido negro volaba de placer. El tiempo no era tiempo en aquel lugar, un solo gozo era ver las parejas bailar. Cada giro en mi cabeza fue una historia, Buenos Aires con su magia se metió en mi memoria. Aromas de la noche entraban por el ventanal, reinaba el 2x4 en las inquietas miradas. Acariciaba el bailarín su linda espalda, hacia girar sus pies al compás del alma. Alas de tango llenaban de luna la penumbra y en un brindis de champagne la sala fue quedando a oscuras, el día que se baile tango en las calles del amor, cara a cara, ojos cerrados, corazón a corazón…”
Y entonces, tal vez, un viaje en taxi para recordar.
Tal vez su mano en mi cintura cuando bajamos del auto y tal vez mis tacos que suenan en la escalera. Tal vez las sabanas revueltas y huevos revueltos por la mañana.
Tal vez nos encontramos en la puerta de ese club que existe desde siempre. Tal vez Buenos Aires los junta esta noche, o tal vez otra, una de domingo en la que él camina por la parrilla que da a la vía y ella entra al restaurante de enfrente, la cocina esta por cerrar, pero como ya es amiga de la casa la dejan entrar, se sienta y pide lo de siempre y tal vez si todavía es la época, un licuado de melón. Y entonces él entiende y la va a buscar.
El Regalo

Una tarde en que él caminaba por Barrancas se convirtió por casualidad en espectador de mi domingo de tango. Me vio sentada en las escaleras. Me descubrió en ese glorioso momento en que, cigarrillo en mano, me cambiaba los zapatos. Me vio con ojos perspicaces y entendió que no se trataba en absoluto de un mero trámite, o de una simple transformación. Su mirada capto el placer que encerraban esos minutos, que yo trataba de prolongar, en esos minutos que anteceden al baile, en los que todo es posible. Y yo vuelvo a soñar.
No lo volví a ver pero me dejo un regalo. Hoy publico su foto tratando de recuperar algo de la mujer que fui ese día, algo de esa felicidad despreocupada.
Quienquiera que seas, gracias por el regalo.
Una vez le pedi a AG que me devuelva una noche...
Va y viene cuando quiere, esa noche de diciembre, y ese Buenos Aires que festejaba el año nuevo. Es así, esa noche que se esta poniendo vieja, caprichosa como son a veces los recuerdos.
Volvió ayer y volvió hoy, y otra vez es diciembre, aunque es marzo, y otra vez tus ojos azules.
Viene a traerme ese viento que ya conozco (el de los presagios), caliente y húmedo. Y que le preste atención, que la escuche, y yo que no, que ya basta, que me duele el cuerpo de tanta nostalgia. Pero ahí está: el bullicio de Palermo, la gente que se ríe en la vereda, en las puertas de los bares, la gente que festeja, que habla, grita, se abraza, y nosotros que cruzamos corriendo, y el vestido que se me pega un poco a las piernas. Yo me hacia la indiferente, como hacen las Paulas y vos me agarraste suavemente por la cintura cuando cruzamos Córdoba. Fue ahí cuando empecé a quererte. Me preguntaste cual era mi deseo para el año nuevo, ya doblábamos en una esquina, te acordas? te contesté: dejar de sentir angustia. Te pregunté por el tuyo: “deseo que dejes de sentir angustia”. Y entonces nuestra sonrisa cómplice, el deseo que quema, la urgencia por escaparnos del mundo. Y llovía, o tal vez no, y llueve ahora que es Marzo pero es Diciembre. Y vos me agarras de la mano y entramos corriendo al bar.
Tal vez es como me dijo Cárdenas una tarde mientras tomábamos café en una confitería del centro: “mire, lo cierto es que somos todos Paulas y Tulios corriendo por Buenos Aires, cruzando una calle de la mano, besándonos en una noche calida de diciembre”. Todos tenemos algo de Paula, todos algo de Tulio, y ya sabe como terminan, las Paulas y los Tulios…”
Pero no, Marito, esa noche, la que va y viene es solo mía. Además los Tulios son de Buenos Aires no? y él solo estaba de paso…decime Mario, decime que es así, los Tulios toman mate, saben de Gardel y de cómo siente Buenos Aires cuando caminan por Lavalle. Te repito, él solo estaba de paso, y los libros que traía eran en otro idioma. Así que esa noche es solo mía, no una más de la Tremenda Crónica de Buenos Aires, de Tulios y Paulas. Decile a tu amigo, el poeta, ese tal Álvarez Gómez, que no insista, que me pertenece. Que hubo una vez que fue una noche y después un amanecer y él apretaba sus piernas contra las mías por debajo de la mesa y todos ajenos a nuestra intimidad, a ese amor recién estrenado. Creo que fue entonces cuando él eligió volver a ponerse el traje, a cortarse el pelo, en un país donde a veces hablan en francés, a veces en alemán. Y yo me guardé su perfume, el olor a jabón en su piel, su sonrisa picara y su mano en mi cintura.
Ya no importa cuantos años pasaron y que dijimos al despedirnos.
Era de día cuando me sequé los ojos para regresar al mundo. Lo logramos pensé, ya no hay crónica que valga, el no es Tulio, yo no Paula.
Pero igual te fuiste.
Sentí miedo, aunque se me pasó cuando me contaste de Londres, de la niebla y la llovizna, del frío que duele. Fue un alivio, porque ahí no hay Lavalle, no hay Palacio de la Papa Real, no hay mate, no hay tango, no te canta Gardel. Entonces no sos Tulio.
Ahora camino por Saavedra suena un valsecito y me siento tranquila, aunque un poco Paula que espera. No importa porque en este tiempo (años?) descubrí que también tengo un poco de Amelia, que sueña y ríe seguido. Ya sé Marito, Álvarez Gómez diría que todas las Amelias tienen algo de Paula, tal vez por eso de la melancolía, pero Amelia no espera, a veces solo anhela, mientras tanto encontró ese otro mundo, donde el tiempo no es y las noches solo le pertenecen a ella. Que si lo construyó para él? A lo mejor… ya no sé muy bien que siente. Viste como es, va y viene cuando quiere, como esa noche hace tanto tiempo, que fue ayer y que es hoy y que es cada vez que cierro los ojos… y los suyos aparecen.
Yo creo que Álvarez Gómez lo supo desde el principio, con sus crónicas que son presagios y a la vez testimonios del pasado. El entendía que solo Buenos Aires podía volver a juntarlos. Por eso se empeñó en distraerla y escribió para ella un Marruecos y después la llevó a Moscú y a cuantos lugares Marito… a una playa perdida en Uruguay donde ella bailaba descalza y al tigre un montón de veces, en su afán por hacerla olvidar… sospecho que hasta le hizo trampa alguna vez, escribiéndole una noche de pasión. Pero ella lo intuía y entonces no se entregaba por completo, cerraba sus ojos mojados y se iba otra vez.
Tengo que admitir que el truco del fotógrafo estuvo bien, y ella casi se lo cree. Pero que pensabas Álvarez? Que nunca descubriría que era alcohólico? Que por ser un poco Amelia se quedaría a su lado para ayudarlo? Claro que trató de quererlo a pesar de su alma enrevesada, pero las noches seguían sin pertenecerle y él acostándose borracho. Así fue como un martes decidió dejarlo, porque entre otras cosas, tuvo la certeza de que vos y tu pluma estaban detrás de esa mala historia de amor. Además ya no podía soportar que la tocara, ni el olor ácido en su piel, que es el rastro del alcohol. Y entonces fue cuando me llamó, “Mario, necesito que nos veamos, tengo que hablar con vos”.
Nos encontramos en una confitería del centro. La vi muy flaca y me confesó que hace años que no duerme y que a veces hasta se olvida de comer. Pero sus ojos estaban intactos, esos ojos que son como el mar, que son puro misterio. El corazón me latía a mil y sentí que iba a vomitar. Entonces me acordé del poder que esta mujer tiene sobre mi, de cómo me cautiva su aparente fragilidad y su palidez. Y me dije: “Marito, estas jodido”. Me contó que su nueva pasión es frecuentar clubes de barrio donde se baila tango. Le gusta ver a las parejas que bailan esa especie de complicidad nacida de muchos años de milonga compartidos. Le gusta el anonimato, uno de los privilegios que tiene en esos lugares, donde la gente no se habla y parece inmune a la realidad exterior, y el halo de misterio, sobre todo eso. Casi puedo verla, ahí, en su mesa, la de siempre, cerca de la entrada, cerca de la pista, tan auténticamente en el momento presente y tan ausente.
Me dijo de una vez en que estaba tan triste que casi se traiciona a si misma y a él. Le habían hablado de una mujer en constitución que por 50 pesos te vende una noche, A TU MEDIDA, decía el anuncio. Por esa época yo había viajado a Europa. “Fui a verla Marito, vos estabas con tus torres Eiffeles y yo no tenia a quien recurrir”. Era una viejita muy dulce. “Como la quiere m´hija? Larga? Corta? De pasión? Quiere que sea fría, o que haga calor? Que llueva tal vez? Como la quiere m´hija? Dígame nomás. Pero ándese con cuidado porque una vez que se la vendo ya no la puedo hacer desaparecer. Y vio como es… una noche le puede cambiar la vida…”
“Pero no pude Mario, no quería una inventada, solo la mía.”
No sabes que linda estaba mientras me contaba, si la hubieras visto me entenderías. Toda ella suplicaba que le devolvieran su noche, esa de la que te conté. “tenés que hablar con ese tal Álvarez Gómez, Marito, por favor, buscalo”. Y lloraba, como llora Buenos Aires cuando son las 4 de la mañana y salís de la milonga, que es tu refugio, Paula.
Entonces Gómez, te odie con toda mi alma, odie a tus Tulios y a tus Paulas, te odié por amar a esa mujer, porque las Paulas se van y tienen un amor no correspondido que vive lejos.
Le prometí que iba a buscarte, no se si me creyó, pero eso pareció tranquilizarla, o tal vez solo se había dado por vencida. Estaba lloviendo cuando salimos a la calle. “Hace frío, venite a casa que te preparo unos mates calentitos”, y lloraba Buenos Aires cuando cruzamos Corrientes y yo la agarraba por la cintura.
Volvió ayer y volvió hoy, y otra vez es diciembre, aunque es marzo, y otra vez tus ojos azules.
Viene a traerme ese viento que ya conozco (el de los presagios), caliente y húmedo. Y que le preste atención, que la escuche, y yo que no, que ya basta, que me duele el cuerpo de tanta nostalgia. Pero ahí está: el bullicio de Palermo, la gente que se ríe en la vereda, en las puertas de los bares, la gente que festeja, que habla, grita, se abraza, y nosotros que cruzamos corriendo, y el vestido que se me pega un poco a las piernas. Yo me hacia la indiferente, como hacen las Paulas y vos me agarraste suavemente por la cintura cuando cruzamos Córdoba. Fue ahí cuando empecé a quererte. Me preguntaste cual era mi deseo para el año nuevo, ya doblábamos en una esquina, te acordas? te contesté: dejar de sentir angustia. Te pregunté por el tuyo: “deseo que dejes de sentir angustia”. Y entonces nuestra sonrisa cómplice, el deseo que quema, la urgencia por escaparnos del mundo. Y llovía, o tal vez no, y llueve ahora que es Marzo pero es Diciembre. Y vos me agarras de la mano y entramos corriendo al bar.
Tal vez es como me dijo Cárdenas una tarde mientras tomábamos café en una confitería del centro: “mire, lo cierto es que somos todos Paulas y Tulios corriendo por Buenos Aires, cruzando una calle de la mano, besándonos en una noche calida de diciembre”. Todos tenemos algo de Paula, todos algo de Tulio, y ya sabe como terminan, las Paulas y los Tulios…”
Pero no, Marito, esa noche, la que va y viene es solo mía. Además los Tulios son de Buenos Aires no? y él solo estaba de paso…decime Mario, decime que es así, los Tulios toman mate, saben de Gardel y de cómo siente Buenos Aires cuando caminan por Lavalle. Te repito, él solo estaba de paso, y los libros que traía eran en otro idioma. Así que esa noche es solo mía, no una más de la Tremenda Crónica de Buenos Aires, de Tulios y Paulas. Decile a tu amigo, el poeta, ese tal Álvarez Gómez, que no insista, que me pertenece. Que hubo una vez que fue una noche y después un amanecer y él apretaba sus piernas contra las mías por debajo de la mesa y todos ajenos a nuestra intimidad, a ese amor recién estrenado. Creo que fue entonces cuando él eligió volver a ponerse el traje, a cortarse el pelo, en un país donde a veces hablan en francés, a veces en alemán. Y yo me guardé su perfume, el olor a jabón en su piel, su sonrisa picara y su mano en mi cintura.
Ya no importa cuantos años pasaron y que dijimos al despedirnos.
Era de día cuando me sequé los ojos para regresar al mundo. Lo logramos pensé, ya no hay crónica que valga, el no es Tulio, yo no Paula.
Pero igual te fuiste.
Sentí miedo, aunque se me pasó cuando me contaste de Londres, de la niebla y la llovizna, del frío que duele. Fue un alivio, porque ahí no hay Lavalle, no hay Palacio de la Papa Real, no hay mate, no hay tango, no te canta Gardel. Entonces no sos Tulio.
Ahora camino por Saavedra suena un valsecito y me siento tranquila, aunque un poco Paula que espera. No importa porque en este tiempo (años?) descubrí que también tengo un poco de Amelia, que sueña y ríe seguido. Ya sé Marito, Álvarez Gómez diría que todas las Amelias tienen algo de Paula, tal vez por eso de la melancolía, pero Amelia no espera, a veces solo anhela, mientras tanto encontró ese otro mundo, donde el tiempo no es y las noches solo le pertenecen a ella. Que si lo construyó para él? A lo mejor… ya no sé muy bien que siente. Viste como es, va y viene cuando quiere, como esa noche hace tanto tiempo, que fue ayer y que es hoy y que es cada vez que cierro los ojos… y los suyos aparecen.
Yo creo que Álvarez Gómez lo supo desde el principio, con sus crónicas que son presagios y a la vez testimonios del pasado. El entendía que solo Buenos Aires podía volver a juntarlos. Por eso se empeñó en distraerla y escribió para ella un Marruecos y después la llevó a Moscú y a cuantos lugares Marito… a una playa perdida en Uruguay donde ella bailaba descalza y al tigre un montón de veces, en su afán por hacerla olvidar… sospecho que hasta le hizo trampa alguna vez, escribiéndole una noche de pasión. Pero ella lo intuía y entonces no se entregaba por completo, cerraba sus ojos mojados y se iba otra vez.
Tengo que admitir que el truco del fotógrafo estuvo bien, y ella casi se lo cree. Pero que pensabas Álvarez? Que nunca descubriría que era alcohólico? Que por ser un poco Amelia se quedaría a su lado para ayudarlo? Claro que trató de quererlo a pesar de su alma enrevesada, pero las noches seguían sin pertenecerle y él acostándose borracho. Así fue como un martes decidió dejarlo, porque entre otras cosas, tuvo la certeza de que vos y tu pluma estaban detrás de esa mala historia de amor. Además ya no podía soportar que la tocara, ni el olor ácido en su piel, que es el rastro del alcohol. Y entonces fue cuando me llamó, “Mario, necesito que nos veamos, tengo que hablar con vos”.
Nos encontramos en una confitería del centro. La vi muy flaca y me confesó que hace años que no duerme y que a veces hasta se olvida de comer. Pero sus ojos estaban intactos, esos ojos que son como el mar, que son puro misterio. El corazón me latía a mil y sentí que iba a vomitar. Entonces me acordé del poder que esta mujer tiene sobre mi, de cómo me cautiva su aparente fragilidad y su palidez. Y me dije: “Marito, estas jodido”. Me contó que su nueva pasión es frecuentar clubes de barrio donde se baila tango. Le gusta ver a las parejas que bailan esa especie de complicidad nacida de muchos años de milonga compartidos. Le gusta el anonimato, uno de los privilegios que tiene en esos lugares, donde la gente no se habla y parece inmune a la realidad exterior, y el halo de misterio, sobre todo eso. Casi puedo verla, ahí, en su mesa, la de siempre, cerca de la entrada, cerca de la pista, tan auténticamente en el momento presente y tan ausente.
Me dijo de una vez en que estaba tan triste que casi se traiciona a si misma y a él. Le habían hablado de una mujer en constitución que por 50 pesos te vende una noche, A TU MEDIDA, decía el anuncio. Por esa época yo había viajado a Europa. “Fui a verla Marito, vos estabas con tus torres Eiffeles y yo no tenia a quien recurrir”. Era una viejita muy dulce. “Como la quiere m´hija? Larga? Corta? De pasión? Quiere que sea fría, o que haga calor? Que llueva tal vez? Como la quiere m´hija? Dígame nomás. Pero ándese con cuidado porque una vez que se la vendo ya no la puedo hacer desaparecer. Y vio como es… una noche le puede cambiar la vida…”
“Pero no pude Mario, no quería una inventada, solo la mía.”
No sabes que linda estaba mientras me contaba, si la hubieras visto me entenderías. Toda ella suplicaba que le devolvieran su noche, esa de la que te conté. “tenés que hablar con ese tal Álvarez Gómez, Marito, por favor, buscalo”. Y lloraba, como llora Buenos Aires cuando son las 4 de la mañana y salís de la milonga, que es tu refugio, Paula.
Entonces Gómez, te odie con toda mi alma, odie a tus Tulios y a tus Paulas, te odié por amar a esa mujer, porque las Paulas se van y tienen un amor no correspondido que vive lejos.
Le prometí que iba a buscarte, no se si me creyó, pero eso pareció tranquilizarla, o tal vez solo se había dado por vencida. Estaba lloviendo cuando salimos a la calle. “Hace frío, venite a casa que te preparo unos mates calentitos”, y lloraba Buenos Aires cuando cruzamos Corrientes y yo la agarraba por la cintura.
Breves historias de amor II
Yo no elijo el silencio. Soy la que trata de poner todo en palabras, en mi afán de entender, de encontrar sentido… a lo mejor equivoqué el camino, no sé.
Pero esta vez me quedé sin palabras, o mas bien me las robaron una mañana de lunes. Las estuve buscando un rato largo, revolví cajones, abrí y cerré mil veces mi cuaderno amarillo y hasta le pregunté al del kiosco de enfrente si de casualidad no me las había dejado ahí cuando le pagué los cigarrillos, pero nada. Entonces me di cuenta que te las llevaste vos junto con la mañana de lunes. Ya no me importa entender los motivos de un hipotético: “porqué?”, si lo hubiera…sin palabras no puedo, ni siquiera contarte como me hiciste sentir.
Y yo me quedé con tu mañana, esa que te debía. La había envuelto con papel celofán y le había puesto un moño porque me dijeron que así duran mas, las mañanas. Aunque intuyo que ahora vos también me debes una mañana. Serán intercambiables? Digo, nos quedaremos cada uno con la del otro y ya? O las reglas del tiempo indican que hay que devolver la mañana exacta del día exacto? No se, con estas cuestiones temporales yo me pierdo un poco.
Ahora solo me queda esperar que vengas a devolvérmelas, o tal vez no vuelvas y nos crucemos algún día por Chacabuco, ahí donde casi se junta con Independencia, y tal vez yo te las pida, o tal vez no porque ya me regalaron otras.
Pero esta vez me quedé sin palabras, o mas bien me las robaron una mañana de lunes. Las estuve buscando un rato largo, revolví cajones, abrí y cerré mil veces mi cuaderno amarillo y hasta le pregunté al del kiosco de enfrente si de casualidad no me las había dejado ahí cuando le pagué los cigarrillos, pero nada. Entonces me di cuenta que te las llevaste vos junto con la mañana de lunes. Ya no me importa entender los motivos de un hipotético: “porqué?”, si lo hubiera…sin palabras no puedo, ni siquiera contarte como me hiciste sentir.
Y yo me quedé con tu mañana, esa que te debía. La había envuelto con papel celofán y le había puesto un moño porque me dijeron que así duran mas, las mañanas. Aunque intuyo que ahora vos también me debes una mañana. Serán intercambiables? Digo, nos quedaremos cada uno con la del otro y ya? O las reglas del tiempo indican que hay que devolver la mañana exacta del día exacto? No se, con estas cuestiones temporales yo me pierdo un poco.
Ahora solo me queda esperar que vengas a devolvérmelas, o tal vez no vuelvas y nos crucemos algún día por Chacabuco, ahí donde casi se junta con Independencia, y tal vez yo te las pida, o tal vez no porque ya me regalaron otras.
Breves historias de amor
El domingo nos encontró comiendo en un solitario San Telmo.
Empezaba a gustarme tu barrio, sobre todo la calle Chacabuco ahí donde casi se junta con Independencia. Me gusto el juego de: a que huelen los barrios? Lastima que quedó inconcluso… Me gusto el lugar que elegiste como testigo de nuestra intimidad.
Llegamos justo porque la cocina estaba cerrando y festejé la posibilidad de, al menos, comer unas pastas. Me gusto tu brindis y mas aun, tu mano sobre la mía. Me gustaron tus ojos, que decían tanto.
Me gusto volver a sentir
la magia en el aire.
Y entonces creí que todo era posible.
Una noche de sábanas desordenadas tuve la audacia de pedirte que me hablaras. Tal vez tu mirada no me alcanzaba o simplemente anhelaba que la pusieras en palabras, como si esto la hiciera mas real.
-“que te pasa?” pregunté
-“nada”
-“seguro? Puedo ver que hay algo…” (y tu mirada otra vez)
-“es que estas muy linda”
-“pero no se trata de mi, te pregunté que te pasa, a vos”
-“y quien te dijo que no se trata de vos?”
-“vos, que no comunicas… Es que yo siento que siempre te tengo que adivinar…”
Y me lanzaste un: “no es mejor escuchar que adivinar?”
Entonces me empeñé en escuchar tus abrazos, la forma que tenías de acurrucarte contra mí en la cama en esas pocas noches compartidas. Empecé a escuchar tus ojos y tu sonrisa, que hice mía.
Pero llego la mañana de lunes.
Y yo te ofrecí unos mates. Y recién nos habíamos levantado. Y cuando salí del baño me di cuenta que te habías ido.
Sin despedirte.
Para siempre.
Que silencio triste quedó flotando en Saavedra en esa mañana gris!
Mi primer impulso fue correr a buscarte. Pero algo me detuvo. Y me quedé ahí, vistiendo una bombacha, una remera que irónicamente rezaba: “love not dead” y unas zapatillas a medio poner. Me quedé ahí, parada, en medio del living, tratando de adivinarte, una vez mas.
Empezaba a gustarme tu barrio, sobre todo la calle Chacabuco ahí donde casi se junta con Independencia. Me gusto el juego de: a que huelen los barrios? Lastima que quedó inconcluso… Me gusto el lugar que elegiste como testigo de nuestra intimidad.
Llegamos justo porque la cocina estaba cerrando y festejé la posibilidad de, al menos, comer unas pastas. Me gusto tu brindis y mas aun, tu mano sobre la mía. Me gustaron tus ojos, que decían tanto.
Me gusto volver a sentir
la magia en el aire.
Y entonces creí que todo era posible.
Una noche de sábanas desordenadas tuve la audacia de pedirte que me hablaras. Tal vez tu mirada no me alcanzaba o simplemente anhelaba que la pusieras en palabras, como si esto la hiciera mas real.
-“que te pasa?” pregunté
-“nada”
-“seguro? Puedo ver que hay algo…” (y tu mirada otra vez)
-“es que estas muy linda”
-“pero no se trata de mi, te pregunté que te pasa, a vos”
-“y quien te dijo que no se trata de vos?”
-“vos, que no comunicas… Es que yo siento que siempre te tengo que adivinar…”
Y me lanzaste un: “no es mejor escuchar que adivinar?”
Entonces me empeñé en escuchar tus abrazos, la forma que tenías de acurrucarte contra mí en la cama en esas pocas noches compartidas. Empecé a escuchar tus ojos y tu sonrisa, que hice mía.
Pero llego la mañana de lunes.
Y yo te ofrecí unos mates. Y recién nos habíamos levantado. Y cuando salí del baño me di cuenta que te habías ido.
Sin despedirte.
Para siempre.
Que silencio triste quedó flotando en Saavedra en esa mañana gris!
Mi primer impulso fue correr a buscarte. Pero algo me detuvo. Y me quedé ahí, vistiendo una bombacha, una remera que irónicamente rezaba: “love not dead” y unas zapatillas a medio poner. Me quedé ahí, parada, en medio del living, tratando de adivinarte, una vez mas.
Luciana y el Tango

El se acercó y me envolvió despacito, como hace siempre, con el calor de su energía. Parece increíble este dialogo de cuerpos que tenemos, cada vez que nos abrazamos nuestros cuerpos se hablan, se susurran y se gritan al ritmo de un tango. A veces nos peleamos, otras bailamos un paseo feliz y tranquilo.
El me busca, yo lo busco.
Nos encontramos.
Y siempre termino rendida en sus brazos, subyugada por las emociones, el placer del abrazo genuino y la hipnótica cadencia. Su mano se mueve tiernamente en mi espalda. Me cuida, me protege, me lleva y me acompaña, me espera porque me escucha, me deja sola a voluntad y me vuelve a buscar cuando nota que lo extraño. Me mira sensualmente de reojo queriendo seducirme. Me enamora y entra en mi alma. Me hace sentir halagada porque me elige entre muchas, y aunque siempre toma la iniciativa, yo también lo elijo a él.
Nos vemos de noche, un par de veces por semana, pero no lo extraño cuando no estamos juntos porque el vínculo no es celoso y ya me acostumbré a compartirlo.
Lo nuestro es especial.
Nos movemos de la mano en un sueño que soñamos en voz alta. No hay palabras, solo la respiración que acompaña nuestro dialogo profundo y sincero. Nos entregamos el uno al otro y al disfrute de esa experiencia sublime, que de tan mágica puede ser abrumadora. Se rozan nuestros pies, se acarician nuestras piernas.
Una sonrisa y un gracias bastan a la hora de la despedida, aunque a veces nos besamos en la mejilla.
Y será entonces hasta la próxima vez, hasta que nuestros ojos vuelvan a verse y me invite a bailar.
No se su nombre, tampoco su edad, a veces tiene 20 otras, 40 porque él es todos y cada uno de los hombres con los que me gusta bailar tango.
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